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La cultura y el turismo como elementos indisolubles

La cultura y el turismo son dos elementos estrechamente vinculados que se refuerzan mutuamente. La cultura en un destino es uno de los principales atractivos para los turistas, ya que les permite vivir una experiencia única, aprender sobre tradiciones, historia, arte, gastronomía, y costumbres locales. A su vez, el turismo contribuye a la preservación y difusión de esta cultura, creando un ciclo positivo donde ambas partes se benefician.


En ese binomio, la cultura y el turismo son inseparables en la creación de una experiencia única para los visitantes y en la sustentabilidad de las comunidades locales. Ambos deben ser gestionados de manera responsable para que los beneficios sean compartidos equitativamente y se garantice la preservación de las tradiciones para las futuras generaciones.


En esta combinación armoniosa turística-cultural, tenemos el placer de conversar con una protagonista que sabe muy bien de esta simbiosis del turismo cultural. Se trata de Amparo Rodríguez (@amparodriguezest) una gran experta en materia cultural y turística, con una amplia y trayectoria profesional.



La cultura y el turismo como elementos indisolubles

¿Cuál ha sido tu trayectoria profesional en el ámbito cultural? ¿Y qué relación tienes con el turismo?


Mi trayectoria en el ámbito cultural no fue un salto brusco, sino una evolución natural. Comencé en el turismo porque me fascinaba la estructura invisible de los viajes: la logística que hace posible el asombro. En paralelo, mi formación en artes escénicas me abrió otra mirada: la dramaturgia de las emociones, la fuerza del gesto y la importancia de la narración en el tiempo. Más tarde, la gestión cultural me dio el marco que integró esas experiencias y me permitió convertirlas en proyectos sostenibles, con impacto real en comunidades y territorios.


Del turismo aprendí a leer la ciudad como un palimpsesto y a recibir al visitante como invitado, no como cifra: alguien con quien se comparte hospitalidad. De las artes escénicas heredé la dramaturgia: entender que toda experiencia tiene un inicio, un clímax y un eco. Y de la gestión cultural incorporé el andamiaje necesario para que las experiencias se sostengan y generen impacto: planificación, presupuestos, alianzas institucionales, producción y mediación con comunidades. No se trata solo de acoger o narrar, sino de garantizar que cada proyecto tenga viabilidad, calidad y sentido compartido.


De ese cruce entre hospitalidad, dramaturgia y gestión nace lo que llamo “arquitectura de experiencias”. Para mí, cada proyecto (ya sea una reunión de equipo, un encuentro con una administración, la producción de un montaje o la creación de una experiencia cultural) se construye como una obra con dramaturgia propia: cómo recibimos (el umbral), qué narramos y desde qué voces (la trama), cómo se habita el espacio (la forma) y qué huella dejamos (el desenlace). La emoción no es mercancía, sino un puente que conecta invitados, comunidades y patrimonio.



La cultura y el turismo como elementos indisolubles

En este camino me han inspirado referentes como Kurt Grötsch o Duncan Wardle, quienes me enseñaron que el invitado no es espectador, sino protagonista. De esa visión surge mi compromiso con el turismo creativo o turismo de experiencias: no se trata solo de mostrar lo que existe, sino de co-crear, invitar a sentir y descubrir en compañía.


De esa convicción nace también mi proyecto empresarial, Brío Cultura Vibrante: una declaración de principios donde la creatividad es brújula, la emoción es arquitectura y el descubrimiento es ritual. Cada iniciativa busca que el viaje verdadero no se mida en kilómetros ni en fotografías, sino en la intensidad de lo experimentado y en la huella compartida entre lugar e invitado.


En resumen, mi trayectoria es un viaje entre el turismo, las artes escénicas y la gestión cultural. Hoy trabajo para que cada acción sea una experiencia bien contada: capaz de transformar a quien la vive y de honrar a quien la habita. Porque al final, turismo, cultura y arte no son mundos separados, sino lenguajes complementarios para humanizar el movimiento y convertir la curiosidad en conocimiento.



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¿Qué habilidades consideras fundamentales para una buena gestora cultural?


Las habilidades fundamentales de una buena gestora cultural no se aprenden en manuales ni se improvisan en un despacho; se forjan en la tensión entre sensibilidad y rigor, entre la emoción y la técnica, entre el arte y la empresa. Una gestora cultural no necesita ser artista, pero sí llevar consigo la fibra íntima que permite comprender lo que significa crear. Sin esa capacidad de estremecerse con un verso o de reconocer el sacrificio detrás de una obra, la cultura corre el riesgo de reducirse a trámite administrativo, a casilla en un Excel.


Pero la sensibilidad, aunque imprescindible, no basta. Gestionar cultura exige conocer el terreno y a sus agentes: saber quién crea, quién investiga, quién enseña, quién resiste. Y, sobre todo, escucharlos de verdad: comprender sus necesidades y traducirlas en proyectos posibles. También implica profesionalidad y visión empresarial. La gestión cultural no es solo repartir sonrisas ni organizar cócteles: es diseñar presupuestos sostenibles, buscar financiación, crear alianzas, evaluar impactos y tener la valentía de hablar de rentabilidad sin pedir disculpas. Porque si los proyectos no se sostienen en el tiempo, si los artistas no pueden vivir de su trabajo, la sensibilidad se queda en poesía vacía. La gestión cultural es también hacer números, negociar convenios y construir políticas que garanticen condiciones dignas para el sector creativo.


Hace falta igualmente pedagogía: formar públicos, acompañar a las comunidades, transmitir que la cultura es un derecho y una herramienta de ciudadanía. La gestora cultural debe ser mediadora, traductora entre lenguajes artísticos y públicos diversos, capaz de tender puentes entre la obra y la sociedad que la acoge.


Por eso diría que las habilidades esenciales son cinco: sensibilidad para comprender lo que está en juego; conocimiento para escuchar y trabajar con los agentes culturales y patrimoniales; profesionalidad para sostener proyectos con transparencia; visión empresarial para garantizar sostenibilidad y crecimiento; y pedagogía para abrir horizontes y renovar públicos.



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¿Qué te llevó a dedicarte a la gestión cultural en Andalucía y a la defensa de la misma desde el tejido asociativo?


Podría decir que llegué a la gestión cultural en Andalucía por un camino recto y razonado, pero no sería cierto. En realidad, fue un acto de riesgo, una manera de desafiar la inercia y salir de la comodidad. En Madrid me estaba formando como actriz y allí viví de cerca no solo la riqueza de la oferta cultural, sino también sus sombras: la intranquilidad de muchos compañeros que no sabían cómo armar un proyecto, el desconcierto ante la falta de formación en gestión, los malos ratos de enfrentarse a lo administrativo sin herramientas. Lo que más me impresionaba era la distancia entre artistas y gestores: los primeros creaban sin poder traducir su trabajo en proyectos sostenibles y los segundos programaban sin escuchar ni comprender las necesidades reales de quienes estaban en escena. Esa brecha era tan grande que comprendí que hacía falta un puente, y que la gestión cultural podía ser ese espacio para humanizar la relación entre quienes crean y quienes gestionan.


Con el tiempo me preparé como gestora y entonces descubrí la carencia inversa: muchos gestores desconocen la profundidad de lo que significa crear. Esa desinformación también genera incomunicación y distancia. Por eso entendí que mi trayectoria, al haber conocido los dos lados, me colocaba en un lugar privilegiado: podía tender puentes y trabajar para que la gestión no se limitara a trámites, sino que dialogara de verdad con el arte y con los artistas.


En ese camino encontré a GECA, la Asociación Andaluza de Profesionales de la Gestión Cultural. Allí reconocí un espacio donde todo lo que yo había detectado podía tener escucha, encuentro y, quizá, solución. Por eso, cuando surgió el equipo 23/27, aposté por él: porque compartía esa misma convicción de humanizar la gestión cultural y de construir un lugar donde artistas, gestores y comunidades pudieran trabajar en confianza mutua.



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Asumir el papel de liderar GECA no lo entendí como un cargo, sino como una responsabilidad compartida. Liderar aquí significa escuchar y sostener, proponer y arriesgar, abrir caminos aunque el terreno sea incierto. Y si di el paso de implicarme de esta manera fue también porque no estaba sola: un grupo de veinte profesionales maravillosos y el apoyo de cinco expertos de referencia a nivel nacional compartieron la visión y la hicieron posible. En GECA no soy nada sin mis compañeros y compañeras de batalla. Cada uno es distinto, pero todos son necesarios. Porque esto, como siempre, no va de liderazgos individuales, sino de trabajo en equipo.


Defender la gestión cultural desde lo asociativo no es sencillo: exige paciencia, convicción y la capacidad de inspirar cuando faltan fuerzas. Pero también es lo más coherente con la idea que me trajo hasta aquí: humanizar la gestión, preservarla como bien común y garantizar que los profesionales que la sostienen puedan trabajar con dignidad. En definitiva, arriesgarse a creer que, unidos, podemos construir una industria cultural más justa, más creativa y más viva.



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¿Cómo equilibras la parte creativa, con la parte administrativa y financiera de los proyectos?


Equilibrar la parte creativa con la parte administrativa y financiera es una lucha diaria. Como autónoma y empresaria cultural sé que esta tensión no es anecdótica: es el corazón mismo de nuestra profesión. Por un lado, están los papeles, las facturas, los plazos, el engranaje frío de los números que -nos guste o no- sostienen todo lo demás. Para ello cuento con asesoría y delego lo que puedo, pero una parte importante del papeleo la asumo yo, porque en gestión cultural la profesionalidad también se mide en la capacidad de cuadrar presupuestos y garantizar la viabilidad de los proyectos. Y sí, es duro, porque ahí no hay poesía, solo resistencia.


Pero la parte creativa es el soplo de aire que da sentido a todo lo anterior. Sin creatividad, lo administrativo muere en trámite; con creatividad, incluso una cuenta de resultados se convierte en experiencia transformadora. La creatividad dignifica los números y les otorga propósito. Por eso puedo resistir la burocracia: porque detrás de cada firma sé que late un proyecto capaz de emocionar, transformar o abrir horizontes. Y, siempre que puedo, busco apoyarme en equipos donde lo financiero y lo creativo dialoguen, porque ese cruce de saberes también es gestión cultural.


En este punto me gusta recordar que la economía creativa es un sector estratégico. No podemos seguir viendo arte y cultura como “gasto” o “entretenimiento”, cuando son motores de innovación, empleo, turismo y cohesión social. Gestionar cultura significa asumir la tensión: abrazar la contabilidad sin olvidar que lo que administramos son emociones, memorias y futuros. La parte financiera no es enemiga, sino condición de posibilidad: sin ella la creatividad se queda en quimera; con ella se convierte en industria capaz de sostener a sus artistas y de generar valor para la sociedad.


No existe un equilibrio perfecto: hay riesgo, cansancio y frustración, pero también convicción. Y en ese filo es donde encuentro sentido a mi trabajo: entre el excel que me recuerda mis límites y la imaginación que me abre mundos. Esa frontera entre lo prosaico y lo poético es, para mí, donde acontece la verdadera gestión cultural: la de humanizar los números para que sean también memoria, emoción y ciudadanía.



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¿Cómo describirías el panorama cultural actual en Dos Hermanas? ¿Cuáles crees que son sus fortalezas y qué aspectos crees que deberían desarrollarse más?


Creo que el panorama cultural de Dos Hermanas está en un momento de consolidación, con bases muy sólidas y un margen de crecimiento enorme. Una de sus grandes fortalezas es la infraestructura: el Palacio de Exposiciones y Congresos, cuyo primer pabellón abrirá a finales de 2025, posicionará a la ciudad como sede de congresos, ferias y grandes encuentros culturales y creativos. Además, el Auditorio Municipal “Los del Río”, con capacidad para miles de personas, permite programar conciertos y espectáculos de verano de gran escala, y la Ciudad del Conocimiento aporta un espacio estratégico para vincular innovación, educación y cultura. Todo ello convierte a Dos Hermanas en un nodo cultural del área metropolitana de Sevilla, capaz de conectar lo local con lo internacional.


Otro elemento clave es el ecosistema universitario. Pocas ciudades pueden presumir de tener dos universidades tan volcadas en la cultura. La Universidad Loyola ofrece grados en Artes Escénicas y Cinematográficas, Creación y Producción Musical o Comunicación, y se implica activamente en proyectos locales como el certamen de compositores emergentes o el festival DH Rueda. Por su parte, la Universidad Pablo de Olavide, también en término municipal de Dos Hermanas, no solo aporta una vida cultural activa a su campus, sino que además avala el Curso de Experto Universitario en Gestión Cultural junto con el IAPH, la AAIICC y GECA, reforzando el compromiso de la ciudad con la formación y la profesionalización del sector cultural.


La programación cultural también es diversa y creciente. Ejemplos como el propio DH Rueda, el festival de cortos exprés rodados en 24 horas, que moviliza a cientos de participantes cada edición; la Muestra de Artes Plásticas al Aire Libre “Ventana Plástica”, que cada año convierte la ciudad en galería abierta; o propuestas como el Quinto Music Fest en Montequinto, muestran un pulso cultural que combina creatividad joven, artes visuales, música y participación ciudadana.


Además, el talento individual de artistas como Amador Sevilla, con su trabajo en collage, y la existencia de productoras de cine locales con proyección nacional, consolidan a Dos Hermanas como un semillero de creatividad con vocación profesional.


¿Qué retos veo? Creo que la clave está en articular todos estos activos bajo una estrategia común: prever un uso creativo y sostenible del Palacio, reforzar la continuidad de festivales innovadores, proyectar hacia fuera lo que ya se hace dentro, y, sobre todo, cuidar la pedagogía de lo cultural: explicar bien a la ciudadanía qué se hace y por qué, para que lo sientan como propio. Es fundamental fortalecer la colaboración público-privada, porque solo así se garantizan recursos, innovación y continuidad. Y, por último, dar voz real a los jóvenes: no basta con atraerlos como público, deben estar dentro de los equipos de trabajo -públicos y privados-, porque son ellos quienes renovarán y sostendrán la vida cultural de la ciudad.


En definitiva, Dos Hermanas tiene universidades, infraestructuras, artistas, productoras, voluntad política y tejido creativo. Lo que hará la diferencia será convertir esa suma en una identidad cultural fuerte y reconocible, con un modelo sostenible que combine participación ciudadana, colaboración público-privada, orgullo local y protagonismo juvenil.



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¿Crees que el turismo cultural beneficia o condiciona el desarrollo cultural de un territorio?


Creo que el turismo cultural, bien entendido, puede ser un gran aliado para el desarrollo cultural de un territorio. No se trata de ver al visitante como un mero consumidor que llega, observa y se marcha, sino de entender que el turismo se convierte en motor de preservación, en altavoz para nuestras identidades, en puente entre comunidades distintas. Cuando el turismo cultural se diseña con respeto y con conciencia, ayuda a sostener equipamientos, a financiar proyectos, a dar visibilidad a los creadores locales y a reforzar el orgullo de pertenencia de quienes habitan el territorio.


Pero también sé que el turismo cultural puede volverse un riesgo cuando se confunde con explotación masiva o con folclore superficial. Aquí conviene ser claros: a veces se tiende a demonizar al turismo y a los turistas, como si fueran culpables de todos los males urbanos y culturales. No lo son. El problema no es el turismo en sí, sino la falta de planificación y de ordenación de los espacios, la ausencia de políticas claras que eviten la gentrificación y regulen un uso equilibrado del territorio. Lo importante no es cerrar puertas sino ordenar bien la casa: que los agentes culturales y turísticos de un lugar dialoguen y definan juntos cómo hacer que la cultura y el turismo se enriquezcan mutuamente.


Y ahí es donde aparece el turismo creativo -o turismo naranja-, que considero una de las ramas más fértiles y todavía poco exploradas en nuestra tierra. El turismo creativo no se limita a mirar; invita a participar. No convierte el patrimonio en escaparate, sino en taller compartido. Es la rama del turismo que más encaja con la gestión cultural, porque se basa en la misma lógica: diálogo, co-creación, experiencias transformadoras. Además, conecta directamente con los marcos internacionales de las ciudades creativas impulsados por la UNESCO y con los planes estratégicos que muchas urbes y territorios empiezan a diseñar para hacer convivir cultura y turismo. No se trata solo de atraer visitantes, sino de planificar un modelo en el que la creatividad sea motor de desarrollo local, en el que los proyectos culturales dialoguen con el turismo y generen beneficios mutuos: sostenibilidad económica para la cultura y autenticidad enriquecida para el visitante.


Cuando se apuesta de verdad por este modelo, la repercusión positiva para la ciudad es enorme: se diversifica la economía, se crean empleos ligados a la cultura y la creatividad, se refuerza la identidad local y se fortalece la cohesión social. El turismo deja de ser una presión externa para convertirse en un aliado del desarrollo sostenible. Una ciudad que apuesta por la creatividad no solo atrae visitantes, sino que mejora la vida de quienes la habitan, porque genera orgullo de pertenencia, oportunidades para los jóvenes y espacios de encuentro donde cultura y ciudadanía se reconocen mutuamente.


Por eso, cuando pienso en el desarrollo cultural de un territorio, no puedo separar turismo de cultura, pero tampoco me conformo con el turismo cultural clásico. Defiendo un modelo donde la creatividad sea el centro, donde la emoción sea la moneda de cambio, donde lo vivido sea más importante que lo fotografiado. Solo así el turismo deja de condicionar y empieza a beneficiar: porque no coloniza, sino que enriquece; no impone, sino que dialoga; no explota, sino que multiplica.



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¿Has desarrollado proyectos culturales pensados específicamente para un público turístico?


Sí, he desarrollado proyectos culturales pensados también para un público turístico, aunque siempre aclaro que mis propuestas no están dirigidas exclusivamente a un tipo determinado de invitado. Para mí, cada proyecto debe ser capaz de atraer tanto a residentes como a visitantes, porque lo importante no es el perfil del público, sino la calidad y la creatividad de la experiencia. Por eso prefiero hablar de “invitados” y no de turistas o espectadores: como cuando recibes a alguien en tu casa, se trata de escuchar sus gustos y peculiaridades para ofrecerle lo mejor y hacerle sentir parte de una vivencia única.


Un buen ejemplo fue la programación que diseñé para la terraza de un hotel boutique en Sevilla, convertida en un laboratorio de experiencias. Allí propusimos desde conciertos íntimos de jazz con narración teatral hasta cenas clandestinas inspiradas en la literatura o festivales temáticos. La idea era que el visitante no se limitara a contemplar la ciudad desde lo alto, sino que la viviera de manera inmersiva: oliendo, escuchando, tocando, participando. El verdadero lujo no era el espacio, sino la posibilidad de vivir una “primera vez” irrepetible. Estas propuestas, además, se reforzaron con estrategias de comunicación y redes sociales que ampliaron su alcance y consolidaron a Brío Cultura Vibrante como marca innovadora.


Ese mismo espíritu guía todas las propuestas de Brío: actividades de team building para empresas, producciones escénicas, programación cultural estival en municipios o recorridos dramatizados para contar la historia de un lugar. En cada caso, adapto la experiencia al público y luego elijo el canal adecuado: puede difundirse a través de agencias de información turística y redes de agentes especializados si se dirige a visitantes internacionales, o transformarse en una propuesta cultural privada para una empresa o institución local. Esa flexibilidad me permite trabajar tanto con turistas como con residentes, siempre con el mismo objetivo: generar experiencias auténticas y memorables.


Actualmente participo también en un proyecto estratégico de gran envergadura: la candidatura de Jerez a Capital Europea de la Cultura 2031, que desarrollo como trabajadora de la Cámara de Comercio de Jerez, coordinando el área de participación ciudadana, la programación cultural y el trabajo en redes culturales. Se trata de un proyecto eminentemente cultural y creativo, con raíces locales y gaditanas, pero con vocación europea. Aunque no es un proyecto turístico en el sentido clásico, tiene una dimensión turística clara: al proyectar Jerez en el mapa cultural europeo, atrae nuevos públicos, genera movilidad internacional y convierte a la cultura en motor de visibilidad y desarrollo para la ciudad.


A ello se suma mi especialización en la difusión del jazz y la música moderna, un ámbito en el que estoy produciendo proyectos adaptados a distintos contextos internacionales: propuestas que cambian según se presenten en Europa, América Latina o Estados Unidos. Ese cruce de territorios demuestra que el turismo cultural ya no puede ser solo contemplativo: exige experiencias vivas, capaces de dialogar con públicos diversos y de conectar lo local con lo global.


En definitiva, sí he desarrollado proyectos culturales que dialogan con el turismo, pero siempre desde una convicción clara: no se trata de empaquetar cultura como un souvenir, sino de humanizar el viaje, dar a conocer el lugar que acoge y ofrecer experiencias memorables que transformen tanto al visitante como a la comunidad local.


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